Cuando pensamos en Carmina Burana, lo primero que viene a nuestra mente es el famoso fragmento “O Fortuna” que nos hace reflexionar sobre vida, tan cambiante como la luna, girando como una rueda, en ocasiones benévola y en ocasiones cruel. Si bien es un texto poderoso, hay muchísimas cosas deliciosas escondidas en ésta obra monumental.

Para poder disfrutarla aún más, los invito a imaginar éste escenario: Europa en el siglo XII, en plena edad media. En ésta época existían unos personajes llamados goliardos que en su gran mayoría eran monjes desertores que habían llevado una estricta enseñanza religiosa y que por azares de la vida terminaron ganando el sustento cantando en las calles. Lo interesante de sus cantos es que combinaban dos cosas que no coexistían en ningún otro lugar: tomaron como base la solemne música religiosa escrita en latín y la combinaron con textos profanos que hacían referencia a los placeres mundanos: la comida y la bebida, el amor y la desilusión, el dinero, el humor, la pasión y demás cosas suculentas que la sociedad y la Iglesia no aceptaban. El resultado fue por demás exitoso y prueba de ello son los miles de compendios que se hicieron de estos poemas. Uno de estos, el encontrado en la abadía de Benediktbeuern, Alemania, fue el elegido por Carl Orff para ser musicalizado y que en 1936 se estrenó en la obra que hoy todos conocemos como Carmina Burana.

A grandes rasgos, podríamos dividir Carmina Burana en tres grandes secciones: la primavera, la taberna y la corte de amor. Cada una de éstas partes tiene una esencia diferente que podría parecer obvia, pero no nos dejemos engañar: muchos de estos textos son en realidad una sátira, una burla a esa seriedad  y a ese pudor impuesto por la Iglesia como veremos a continuación.

Comencemos con la primera sección, “Primo Vere” o bien, “La Primavera”. Los ocho cantos que la componen nos describen a las flores abriéndose en los campos, el revolotear de las aves, el sol cálido sobre los animales pero ¿y si en realidad éste florecer no se refiere sólo a la naturaleza sino a los  jóvenes que despiertan a ese primer amor? La primera intervención del solista en “Omnia Sol Temperat” justo nos hace pensar en ello cuando nos dice: “…en tu propia primavera es leal y correcto poseer a tu amante. Ámame fielmente, piensa que confío en ti con todo mi corazón, con toda mi voluntad”. Después de esto, los coros nos ofrecen la perspectiva de las doncellas y de los jóvenes en los cuáles se manifiesta ese juego seductor, esa invitación al coqueteo que incluso se refuerza con dulces melodías femeninas de voces libres que contrastan con las palabras rítmicas y ansiosas de los caballeros.

La segunda sección, “In Taberna” es aún más interesante y entretenida, tanto para el público como para los cantantes. Imaginemos  una cantina a altas horas de la noche, con alcohol disponible para todos, risas y música de fondo; entonces alguien se levanta y sin tapujos hace una fuerte declaración: “Voy sobre un camino escabroso como cualquier joven, sumergido en la depravación y olvidando la virtud, ávido de placer”.  Acto seguido, un abad se levanta, toma la palabra y aunque uno se imaginaría que nos regañaría por no frenar nuestros impulsos, hace todo lo contrario y nos invita a alabar al placer y la bebida. Finalmente, como personas obedientes que somos, levantamos nuestro tarro y brindamos por todos: por las mujeres y los hombres, por los blancos y los negros, los sabios e ignorantes, por los pobres y los ricos, brindamos por el cantinero y para confirmar la parodia, ¡hasta por el Papa brindamos! Es por esto que ésta sección de Carmina Burana resulta tan divertida de cantar; nos podemos dar el lujo de desprendernos un poco de la técnica operística, de la seriedad de una sala de concierto e imaginar (¿o recordar?) situaciones similares.

La última parte, “Cour d’amour” es la más compleja de relatar. Tal vez la primera idea que llegue a nuestra mente sea alguna romántica declaración de amor, pero si leemos entre líneas podemos ver que algunas cosas se prestan a doble sentido y así confirmamos que aquellos goliardos antes mencionados tenían una mente más pecadora de lo que creíamos. Ésta sección inicia con un coro que normalmente es cantado por niños y que dice lo siguiente: “El amor vuela por todos lados y es capturado por el deseo, los hombres y las mujeres copulan merecidamente”. Aunque hay diferentes formas de traducir el texto original en latín, ¿se imaginan a un inocente pequeño diciendo esas cosas? ¡Qué escándalo! También en ésta última sección tenemos el mayor número de participaciones solistas, quienes nos describen el sentir de una joven pareja que está a punto de consumar su amor. El hombre se pregunta si los dioses harán realidad su deseo de romper los lazos virginales de su amada, a lo cual ella termina accediendo en el precioso y muy difícil solo de “Dulcissime”. Ésta parte concluye con el solemne coro “Ave formosissima”, en el cuál podríamos pensar que se hace una alabanza a una diosa o a una virgen pero en realidad, a quien se venera es a la mujer misma, a su cuerpo y a ese placer generoso que ofrece. Ya sea que terminemos en un estado de shock, de sorpresa o de júbilo al concluir éste coro, seremos regresados súbitamente al inicio, a ese famoso “O fortuna”. ¿Por qué? Justamente para recordarnos que la vida, el placer y el amor son parte de un ciclo que siempre continúa, de una rueda que nunca termina de girar.

Carl Orff decía: “Yo compongo para transmitir una actitud espiritual al público”.  Conociendo un poco más sobre las negras intenciones ocultas en estos textos, ¿qué actitudes espirituales despiertan en ustedes, queridos lectores?