Comenzó como músico autodidacta y se convirtió en ícono de la música infantil. Francisco Gabilondo Soler fue una persona cosmopolita, e inmerso en diversas actividades desde la astronomía, la etimología, el boxeo, la natación, la tauromaquia, en fin, un gran abanico de disciplinas que le permitieron forjar su creatividad, proveniente de su vínculo estrecho con su abuela, las fantásticas narraciones que le leía y de su cercanía con la naturaleza.

Además del viaje realizado a Nueva Orleans en su juventud, que lo puso en contacto con la algarabía y frenetismo del Jazz y los géneros que lo acompañaban, Fox-trot, Ragtime, Dixieland, Swing, Bebop impulsando así su inquietud por la composición, iniciando un par de años más tarde su formación musical de manera autodidacta en una pianola, siguiendo con sus dedos la coreografía sugerida en el teclado.

Este ejercicio coreográfico de imitación al teclado convirtió a Gabilondo Soler en pianista, con este proceso aprendió las diferentes progresiones armónicas de cada pieza, descifró las estructuras, dibujó en su interior las melodías que conmovían a la audiencia y por supuesto los ritmos que ponían a bailar a la gente. Dicho sea de paso, este solo fue el primero de otros instrumentos que aprendió a ejecutar, como el violín y la flauta transversa igualmente de manera autodidacta.

 

No conforme con esta experiencia, en otro de sus viajes, ahora a Sudamérica, enriqueció aún más su bagaje musical y compositivo.

A pesar de no saber leer ni escribir música en un principio, esto no significó una limitante, ya que este cúmulo de conocimiento cultural fue suficiente para que interiorizara el lenguaje musical que utilizaba en cada composición, basta ver las partituras (que más adelante escribió y tuve el placer de tener en mis manos) para entender su dominio de la instrumentación, de los ritmos, de las escalas, de las progresiones, y de la estructura, que sin llegar a calificarla como sencilla o compleja, es bastante clara, un lenguaje bien definido.

Cada pieza posee características propias y no hablo solo del género que utiliza o la letra sino de la textura y atmósfera que logra crear, aún recuerdo la desazón que sentía en mi infancia al escuchar “las brujas”, ese andar sigiloso en la oscuridad bien representado por los cellos, el contrabajo y el piano en registro grave, como también no olvido esa sensación de calma cuando la canción cambiaba a la tonalidad mayor, era como si amaneciera. O las disonancias en los metales en la canción “La Maquinita” imitando fielmente el espectro armónico irregular de un silbato de tren, el sonido de la maquinaria recordándome inevitablemente al Pacific 231 de Honegger. No acabaría pronto señalando las diferentes texturas creadas por Gabilondo Soler, ni citando los géneros que utilizó en cada una de sus composiciones que van desde el ranchero, hasta el fox-trot pasando por el tango y un gran etcétera.

En una publicación anterior mencionaba que una composición era la creación de algo original a partir de elementos ya existentes, Gabilondo Soler consigue de manera genial construir piezas musicales a partir de ese gran bagaje cultural que poseía,  y aderezarlos con maravillosas fábulas o incluso situaciones cotidianas de la sociedad mexicana de esa época.  

Emmanuel Vázquez
Compositor y arreglista nacido en la ciudad de Puebla en 1982. A los 8 años comienza sus estudios musicales en el Conservatorio de Música y Declamación y en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, posteriormente en la Escuela Superior de Música concluyendo la carrera de Composición. Estudió Guitarra Clásica bajo la tutela de Manuel Espinás y Nadia Borislova, Composición con Georgina Derbéz, Alejandro Romero, Jose Luís Castillo, Carole Chargueron y Jorge Torres; y Dirección Orquestal con José Luis Bustillos.