Parte 1: El nacimiento del director de orquesta.

En este primer texto, comenzaremos con abordar lo que es el nacimiento de la figura del director de orquesta. Hoy, es muy común pensar en una orquesta guiada por un director, el cual, es el único participante en el escenario que no toca ningún instrumento. ¿Por qué este fenómeno? El director de orquesta, como lo conocemos hoy, es una figura que aparece en algún momento de la historia por necesidad y va de la mano con el desarrollo de las agrupaciones musicales.

Durante los periodos que se denominan renacimiento (siglos XV y XVI) y barroco (siglo XVII y primera mitad del XVIII), los grupos o ensambles musicales eran muy pequeños, podríamos pensar en no mayores a veinte integrantes, uno de los mayores lujos denotados en Francia eran los “24 violines” del rey Luis XIV. ¿Por quién eran dirigidos? Con este cuestionamiento, entra en acción la figura más importante de la música, el compositor, es decir el ¡creador! Pensemos que en esos tiempos, el compositor escribía principalmente para el instrumento o instrumentos que domina en ejecución, ya sea solo o con algún tipo de ensamble más. El ejemplo más burdo desde la edad media es el del trovador o del juglar, músico capacitado en tocar el laúd y en el canto, al mismo tiempo que en las letras, componía y ejecutaba él mismo sus obras.

Llegado el barroco, podemos imaginar de inmediato al compositor italiano Antonio Vivaldi, interpretando como solista sus propios conciertos para violín (compuso alrededor de 230 conciertos para violín, los más conocidos son la serie llamada “las cuatro estaciones”), al frente de un ensamble de cuerdas: violines, violas violonchelos y contrabajos, o desde la posición de concertino (violín principal, líder) del mismo ensamble para interpretar sus grandes obras corales u óperas.

En el mismo periodo, tenemos el ejemplo del compositor, organista, clavecinista y violinista alemán Georg Friedrich Händel, quien al gozar de favoritismo de Jorge I, rey de Inglaterra, compuso obras que sumaban integrantes a estos ensambles de cuerdas por necesidades de instrumentación. En sus obras “Música acuática” y los “Reales fuegos de artificio”, incluía un grupo de instrumentos de cuerda junto con varios instrumentos de aliento: oboes, flautas, fagotes, trompetas, cornos y trombones; pues en estos casos, el mismo Händel, era desde su puesto de organista el líder de la agrupación, la cual adopta el nombre de “orquesta”, que por sus cualidades de tamaño y diversidad instrumental desprende el término de orquestar, que no es nada más que organizar, hacer algo en colaboración. Del mismo Händel, tenemos el célebre oratorio “El Mesías”, esta obra nos suma el coro y los solistas cantantes, aun así, la situación permanece con el liderato del compositor desde el lugar del concertino u organista.

¿Qué sucedía entonces, si se interpretaba una obra y el compositor no estaba presente? En tales tiempos, todo aquel que se llamara músico tenía una formación completa, es decir, era capaz de tocar uno o varios instrumentos,  así como de improvisar con el mismo (no todo estaba escrito en la partitura), conocía a la perfección los aspectos teóricos de la música y por supuesto, era un verdadero creador, era un compositor. Aquí, nos damos cuenta, que el entendimiento total de una partitura era del dominio de cada uno de los integrantes y, aunando la figura de concertino, quien como líder de la agrupación, gozaba del respeto de los demás para poder decidir sobre la interpretación de las obras.

Es así como se van conformando grupos orquestales de mayor número y comienza a volverse necesaria la participación de algún integrante que manifieste un gesto, ya sea con el arco de su instrumento, o simplemente con la mano, o en su caso aplauda con discreción una pulsación.

El ejemplo más conocido es el del ítalo-francés Jean-Baptiste Lully, violinista, compositor y bailarín que desarrolla la ópera francesa y pionero en el ballet, quien deja su instrumento de lado y toma un bastón para pulsar de manera visible y audible para toda la compañía que “dirigía”. Director de la compañía en todos los contextos que actualmente conlleva el ser un director de orquesta, musicalmente al frente de la orquesta, dotar a la orquesta de obras para su ejecución, administración y un sin número de otras actividades que iremos descubriendo en siguientes entregas.

Se concluye con la esperanza de que los ejemplos aquí citados formen una idea sobre el nacimiento de esta enigmática figura en la historia de la música. De esta manera, podremos percibir a los  tres compositores antes mencionados bajo la concepción tradicional de director de orquesta.