Pensar en ópera es transportarnos a un mundo alterno y maravilloso en el cual todas las artes convergen: música, danza, drama y comedia, escenografía, vestuario, etc. Y si a esa ecuación agregamos la genialidad de las composiciones de Wolfgang Amadeus Mozart, el resultado no podría ser más exquisito.

Para poder  describir el legado que Mozart dejó a la ópera, es necesario conocer primero las situaciones que influenciaron sus composiciones. No sólo estuvo dotado de un talento innato para la creación artística, sino que estuvo en el ambiente preciso para poderlo desarrollar. Su padre, Leopold Mozart, era un músico sobresaliente en la escena austriaca en el siglo XVIII, lo cual facilitó que el pequeño Wolfgang conociera Viena, París, Londres, Italia y otros centros musicales importantes, además de que le permitió tomar clases con compositores y cantantes celebrados de la época.

¿Recuerdan ustedes las aficiones que tenían a los 12 años? Pues para Mozart era componer y fue a esa tierna edad que escribió la música de sus dos primeras óperas, “La ingenua fingida” y “Bastián & Bastiana”. Lo que hoy en día es repertorio obligatorio para todos los cantantes, en ese momento fue el primer acercamiento de Mozart con la comedia ligera, la “opera buffa”, las tramas transparentes de triángulos amorosos e inocentes. Un par de años más tarde, con “Mitridate, Rey de Ponto”, se hace notar la tradición en cuanto a la composición operística. En esa época aún se conservaban remantes de la ópera barroca, plasmada de mitología, de estereotipos, de personajes que representaban características unidimensionales (el héroe, la dama en peligro, el sabio o el rey, el villano, la hechicera, etc.) que pretendían dejar una moraleja en el espectador; además, en contra de lo que podríamos pensar, la ópera no era resultado de un momento de inspiración del creador, sino que eran trabajos solicitados o encargados por aristócratas que seleccionaban un tema o libretto y que era desarrollado por el compositor, considerando los gustos y talentos de los famosos cantantes y las divas disponibles. De ésta forma Mitridate se convirtió en el primer contacto de Mozart con la “ópera seria” al narrar un drama de traición política, de sacrificio, de amor filial, etc.

Las siguientes óperas de Mozart fluctuaron en éstas temáticas a la par que su talento en la composición crecía exponencialmente. Prueba de ello son las hermosas y difíciles arias presentes en “Idomeneo, Rey de Creta”, “Lucio Silla” y “El rapto en el serrallo”. En ésta última se da una gran aportación de Mozart a la ópera: la aparición de un personaje protagónico que no cantaba. El Bajá Selim, quien se nos presenta al inicio como el villano que se interpone en el reencuentro de dos enamorados y que finalmente accede a su reunión, fue desarrollado como un personaje hablado, cosa inusitada hasta ese momento. ¿La razón? Algunos dicen que Mozart no encontró un cantante de voz apropiada para el personaje, pero la versión más aceptada es que decidió mantener la voz hablada, noble, seria y magnánima como referencia a José II de Austria, su gran benefactor.

Probablemente la gran innovación en las óperas mozartianas se dio con la trilogía “Las bodas de Fígaro (Le nozze di Figaro)”, “Don Juan (Don Giovanni)” y “Así hacen todas (Così fan tutte)”, con librettos de Lorenzo Da Ponte. ¿Qué aportación encontramos en ellas? Al enfocarnos en la primera, notamos que el protagonista o héroe no es un rey o aristócrata sino que éste, el Conde, ¡es el villano! Todos los personajes representan un estereotipo puesto que se continuaba la tradición de la Commedia dell’arte y es así que encontramos a la mujer abnegada en La Condesa, al joven enamorado en Cherubino, al bufón en Marcellina y Bartolo, etc. Pero en los verdaderos protagonistas, Fígaro y Susanna, nacen personajes nuevos para la ópera: seres humanos reales, que no representan una cualidad o defecto específico, que no son máscaras que esconden moralejas sino que son una multifacética representación de nuestra vulnerabilidad. Tal vez hoy en día esto no nos asombre pero en esa época fue un escándalo político que recibió críticas mezcladas en su estreno. Sería difícil encasillar éstas 3 óperas en comedia o drama puesto que combinan ambos elementos en menor o mayor medida. De cualquier forma, nunca quedan de lado esos personajes humanos, que se equivocan, que se reconcilia, que son viscerales y fantasiosos a la vez… como en el fondo somos todos.

Finalmente, en su última ópera, Mozart se adentra sin titubeos al mundo masónico que fue parte importante de su vida en Viena. Odiada por muchos, celebrada por otros, “La flauta mágica” es un homenaje a los símbolos de las logias masónicas como reflejo de la fuerte opinión que Mozart tenía con respecto a la política y sociedad que le rodeaba. De ésta forma, Sarastro representa al maestro venerable que pone a prueba la integridad de Tamino al hacerle pasar por 3 pruebas  que le llevarán de la oscuridad a la luz, como es propio en un ritual de iniciación. El simbolismo que encierra el número tres también se encuentra plasmado en los tres acordes con los que inicia la obertura o que siguen a las palabras de Sarastro, en las 3 cualidades que se describen de Tamino, en las 3 damas que acompañan a la Reina de la Noche, etc.

Podríamos continuar describiendo el legado de Mozart a la ópera, ya sea en cuanto a la complejidad de sus personajes, a sus tramas enredadas, a su música perfecta y transparente, a su creación fina y a la vez cínica, a sus melodías virtuosas y simplemente jamás terminaríamos. Por ello, cierro éste artículo con las mismas palabras que recibió Wolfgang A. Mozart al finalizar el estreno de Mitridate, la ópera más sofisticada que se había presenciado hasta ese momento:

Stephany González
Soprano. Egresada del Conservatorio Nacional de Música, ha destacado en su actividad como coralista y solista. Como miembro del Coro del Conservatorio Nacional de Música ha participado en obras como Weihnachtsoratorium y Matthäuspassion de Bach, El Himno de los Bosques de Jiménez, Mariposa de Obsidiana de Catán, Novena Sinfonía de Beethoven, The Planets de Holst, Segunda Sinfonía de Mahler, Die Schöpfung de Haydn y Requiem de Mozart, así como en las óperas Martha, de Flotow, La Vida Breve de Falla, L’elisir d’Amore de Donizetti, Romeo et Juliette de Gounod, Die Fledermaus de Strauss y Cavalleria Rusticana de Mascagni. Destaca su colaboración como becaria del Sistema Nacional de Fomento Musical al ser parte del Coro de Cámara Juvenil de México. Como solista su repertorio incluye el Stabat Mater de Pergolesi, Die Schöpfung de Haydn, Requiem de Mozart, Novena Sinfonía de Beethoven y los personajes operísticos de Proserpina de L’Orfeo de C. Monteverdi, Mademoiselle Silverklang de Der Shauspieldirektor, Marcellina y Susanna de Le Nozze fi Figaro de W. A. Mozart, Adina de L’elisir d’Amore de Donizetti, Rosina de Il Barbiere di Siviglia de Rossini ,etc. Actualmente continúa su actividad como solista a la par de su labor como fisioterapeuta, gracias a lo cual ha desarrollado una nueva visión fisiológica sobre la ejecución musical.